En
la serie de esculturas recientes,
una de las motivaciones principales
resulta ser el juego dialéctico
entre la forma y el color. Al
modelado de la forma, propio de
la escultura, ella ha
agregado en los últimos
años las posibilidades
expresivas del color que libremente
-y para nosotros, azarosamente-
fluye en la materia (resina poliéster).
Un nuevo recurso se incorpora
así al accionar anterior.
Es el azar que se agrega,
de ahora en más, a la "necesidad"
de un programa previo.
A diferencia de la pintura y de
su desarrollo planimétrico,
el color se abre camino en la
tercera dimensión orientando
la mirada hacia travesías
cautivantes, renovadas ante el
menor movimiento del espectador
en un intento por captar los distintos
aspectos de la obra.
Si el modelado aludía a
la vida, a través de la
aceptación de un modelo
biomórfico imaginario la
incorporación del color
registra aspectos vitales de la
materia. Esa incorporación
responde a una estrategia que
concientemente acepta el devenir
espontáneo de manchas en
expansión y a la irrupción
de |
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chorreaduras
en el despliegue de sus fuerzas
internas.
Las transparencias de la materia
de base permitirá integrar
un nuevo material -inmaterial-
que intensificará las posibilidades
expresivas de la obra en relación
con su entorno. Nos referimos
a la luz y a su poder de subrayar
la sensorialidad lograda asimilando
las inagotables variaciones formales
y cromáticas del ambiente.
De esas variaciones y de la incidencia
cambiante de distintos tipos de
luz deriva un rasgo esencial:
la transformabilidad de la obra.
Su lenguaje plástico se
constituye así a partir
de una relación espacio-temporal
indisoluble. El trabajo en el
espacio, atento a la forma como
continente, es también
un trabajo sobre el tiempo, abierto
a la transformación. |